Entre el artista y el mercado
Carlos Calero*
El poeta y su angustia (preocupación) por hacer validar su voz en el concierto desolado de la apatía y la indiferencia social, como expresión de una práctica colectiva, no tiene que ver, desde luego, solo con la responsabilidad del artista, del constructor de posibilidades del gozo estético. En este quehacer, el poeta (por citar lo que me atañe), en principio, materializa el impulso vital de su necesidad, que luego se torna en oficio o responsabilidad de abordar diversas temáticas, algunas de ellas, aparentemente, no tienen que ver con el bien común, pero pienso que no existe asunto literario que se escape de pasar por el tamiz de la conciencia social y la aceptación o rechazo de ese producto estético.
La responsabilidad del poeta, su faena, es afectada por decisiones que riñen, no pocas veces, con el producto en sí, es decir, su calidad. De por medio está la voluntad, la decisión, el interés personal e ideológico, o empresarial del editor. Si un artista de la palabra, en este caso, no se ajusta al canon de lo que se pretende, interesa, o es útil divulgar, posiblemente no sea tomado en cuenta para enfilarse al pie de la imprenta. Esto es sumamente riesgoso, pues el talento, el valor y producto estético se ven mediatizados por un factor completamente ajeno a la obra per se.
Pero el asunto es cómo dilucidar la dicotomía obra y mercado. Mercadotecnia, técnica de vender, materializar y tratar como mercancía el producto estético. El poeta, sobretodo cuando no ha pisado los umbrales del reconocimiento, de la difusión de su obra, tal vez poco le preocupa la venta o compraventa, en muchos casos. (Un poeta intercambia con el otro su libro, o consigue otros del interés de alguno de ellos.) Hasta es válida la acción de autofinanciar la edición de la obra; en otros momentos los artistas ensamblan sus vocaciones e interactúan para activar un mercado de la obra (música-poesía, pintura- poesía, y otros). Pero existen artistas que no pueden hacer esto. O tocan las puertas de las editoriales, las cuales muchas veces tienen filas de espera extensas y frustrantes, presionando contra las pobres ediciones del mercado local.
Por otra parte el gusto del consumo nacional está orientado, en buena parte, por las presiones y demandas del mercado globalizado, por la acción propagatoria, o propagandística, de una literatura transnacional. Todos sabemos que la repetición visual y auditiva de los medios crean necesidades de consumo, las cuales no necesariamente van orientadas a la literatura local. Es aquí donde el poeta, el escritor, debe buscar las estrategias que lo hagan “competir” y enfrentar más dignamente esa realidad que aturde y crea espacios para el desánimo. Las empresas editoriales y de difusión de la literatura nacional o regional (Centroamérica, desde Costa Rica) no van a sacrificar sus utilidades ni sus compromisos de mercado por atender un proyecto de difusión y mercado que les reste dividendos y posicionamiento en los espacios económicos.
Entonces, ¿qué hacemos y cómo, cuándo, en qué condiciones, por qué hacerlo, con qué y quiénes hacerlo? Los artistas, grupos y cofradías locales, no hemos visualizado con paciencia y sinceridad esta verdad innegable; muchas veces se cae en la competencia desleal por acaparar los escenarios y espacios de la exposición de la obra (recitales, festivales, encuentros, concursos, congresos, seminarios, etc.) Quizá en términos ideológicos, al poder local le sirve que los artistas se desgasten en devaneos y riñas, discordias y competencias aldeanas. Pero esto no quiere decir que desde esa identidad individual o colectiva no pueda reflexionarse, a fondo, sobre esta problemática sin perder la independencia. Algo que está muy bien es el que los poetas y escritores se desplacen por todo el espacio nacional y se tomen los colegios y escuelas, las universidades, las casas de cultura, plazas y ferias. Aquí es donde pueden crearse ciertas condiciones para un ulterior consumo de la obra de autores nacionales.
Por otra parte, el artista debe sobrepujar porque en el Ministerio de Educación Pública y universidades se cambien las metodologías y los programas de literatura. El currículum debe enriquecerse con la presencia viva de los escritores. Que no condicionen a los docentes a enseñar únicamente las obras que son “impuestas” desde un programa de estudio, sin tomar en cuenta los intereses y necesidades del entorno geográfico, emocional y contextual de los alumnos y docentes. Hasta se dice que privan intereses de empresas editoriales. Sólo pensemos en esto y en cómo afecta al producto estético y su mercado. El problema, entonces, no tiene que ver únicamente con la obra. La realidad nacional no sólo es el suceso, la nota política, las recetas de cocina, los implantes plásticos, el costo de la gasolina: el arte también es vida. ¿Pero el artista qué está haciendo por defender la ajena y la propia vida?
Los artistas, no hay otra posibilidad, deben activar mecanismos orgánicos, formar voz y cuerpo para que sus demandas también sean atendidas. Los artistas puros, asépticos, de las torres, o figurones oficiales, deben ser enfrentados y superados con sus propias armas; es decir, con calidad estética y visiones más actualizadas. Entre el artista y el mercado hay linderos intransitados que a nosotros nos toca descubrir para hacerlos visibles a las generaciones posteriores. Debemos ir más allá de lo que creemos que es el arte, lo que es el artista, lo que vale como producto estético: quiénes deben llamarse poetas nacionales, quienes deben representar a Costa Rica, qué debe hacerse en los talleres y círculos; debemos ir más allá de la ideología. En los bandos, es la verdad, ninguno está contento. Se hace imperativo aquello de que solo el artista salva al artista.
*Poeta nicaragüense residente en Costa Rica.
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